Vieux Farka Touré hace de la sala Mon un río: 'Diarabi' y la memoria de los griots
El guitarrista maliense despliega su repertorio en trío sobre el escenario de la sala Mon y cierra la noche con una versión libre de 'Diarabi', la pieza que su padre llevó a 'Talking Timbuktu' y que él recuperó años después junto a Khruangbin.
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La guitarra de Vieux Farka Touré fue la primera en hablar y no dejó de hacerlo en toda la noche. Poco después de las nueve, el músico maliense arrancó su concierto en la sala Mon de Madrid con un repertorio que fue tomando cuerpo canción a canción, con las cuerdas señalando siempre el camino y con el bajo y la percusión buscando la manera de sumarse a ese trazado.
Antes de que cada tema terminara de definirse, Touré se detenía en pequeños preludios que parecían nacer en el momento, sin aviso previo, y que servían de anuncio de lo que estaba por llegar. Ese hábito de improvisar la entrada de cada pieza actuó como hilo conductor de la velada.
Calabash, batería y una túnica tradicional
A su lado, el percusionista fue alternando dos herramientas: la calabash —la mitad de una calabaza seca, muy presente en los primeros temas— y una batería tradicional que fue entrando en distintos tramos del concierto. El bajo completaba un trío compacto que se entendía con miradas, risas y bromas, el tipo de gestos que delatan una complicidad evidente.
El guitarrista apareció con túnica tradicional y un colgante con la silueta del continente africano sobre el pecho. Su forma de tocar impresiona por la técnica, pero nunca por la exhibición: hace parecer sencillo lo que en realidad es sumamente complicado, con los dedos recorriendo el mástil, deteniéndose, regresando y encontrando variaciones nuevas. Hay algo de monólogo interior en ese modo de tocar, aunque sus compañeros se encargan de que nunca acabe siendo un discurso a solas.
A lo largo de cerca de ochenta minutos y una decena de canciones, el público respondió a esa propuesta de maneras muy distintas. Hubo quien bailó, quien cantó las estrofas y quien prefirió sentarse en las escaleras o en los poyetes de la sala para observar con más calma. Cada persona parecía encontrar su propia forma de estar dentro de la música.
'Diarabi', el bis que condensa una herencia
Los aplausos consiguieron que el trío regresara al escenario. Para abrir el bis, agradecido, Touré escogió «Diarabi». Igual que había ocurrido durante toda la noche, se tomó ciertas libertades con la estructura y dejó que las cuerdas se entretuvieran en sus propios recorridos mientras sus compañeros recogían cada frase y la empujaban hacia nuevos márgenes.
La elección no era casual. En bambara, diarabi significa amor o pasión, una palabra que resume buena parte de la esencia musical de este artista y que conecta directamente con el resto de su repertorio.
El tema procede de la tradición oral de África occidental y ha pasado de generación en generación entre griots, intérpretes de kora y guitarristas, mutando cada vez que una voz nueva lo adoptaba. Su proyección internacional llegó con Ali Farka Touré, padre de Vieux, que lo grabó en ‘Talking Timbuktu’ (1994) junto a Ry Cooder. Casi tres décadas después, el hijo recuperó la composición en ‘Ali’ (2022), con los texanos Khruangbin como acompañantes.
Escuchar esas dos versiones permite seguir el rastro de una música que ha cruzado el Atlántico en ambos sentidos. No hay cambios sustanciales entre ellas, pero sí matices suficientes para comprobar que un mismo tema puede encontrar cauces nuevos sin perder aquello que lo mantiene vivo. El fraseo de Vieux funciona como un río por el que navega todo lo demás: un movimiento circular que atrapa al oyente y en el que cuesta distinguir dónde termina una melodía y empieza la siguiente. Para los griots, narradores y guardianes de la memoria oral, la música es también una forma de transmitir historias, y la guitarra de Touré parece prolongar esa conversación: cuando no canta con la garganta, lo hace a través de las cuerdas.
Del Sahel a los terrenos más contundentes
Su música se mueve en varios territorios a la vez. Los ritmos tradicionales de África occidental conviven con el blues del desierto y con pasajes en los que la guitarra adquiere una sonoridad más cercana al rock anglosajón. En algunos temas el resultado remite al Sahel; en otros el pulso se acelera, las canciones ganan cuerpo y la sección rítmica empuja al conjunto hacia zonas más contundentes. De ese diálogo entre tradiciones sale buena parte de su personalidad, con los temas estirándose hasta que la sala empezaba a responder también con el movimiento.
«Diarabi» se convirtió en uno de los momentos más intensos de esa atmósfera que el trío había ido levantando. Después llegaría «Savane», y más tarde Vieux abandonó definitivamente el escenario para acercarse al público, firmar vinilos y hacerse fotografías: una manera de prolongar fuera de la tarima la cercanía que había mantenido durante todo el concierto.
Hay conciertos que dejan la sensación de haber formado parte de una familia ampliada, unida por una música nacida a miles de kilómetros que aun así se siente propia. Aquí lo importante no era reconocer cada canción ni esperar esos temas que acumulan millones de reproducciones en plataformas como Spotify: bastaba con dejarse llevar por algo que funciona antes de que uno se pare a pensar en lo que está escuchando. El cuerpo responde primero. Quizá por eso «Diarabi», una pieza que ha pasado de unas manos a otras, de una generación a la siguiente y de un lado del Atlántico al otro, sigue encontrando su sitio cada vez que alguien vuelve a tocarla.
Fotos de Vieux Farka Touré: Víctor Terrazas.