Messa y The Night Eternal: dos maneras de retorcer el metal que funcionaron en la Sala Copérnico
The Night Eternal incendian su papel de teloneros con un arranque sin cálculo y Messa confirman su condición de banda inclasificable. Crónica del doble cartel en la Sala Copérnico de Madrid.
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Pocos territorios se muestran tan desconfiados como el metal cuando alguien decide mezclar sonidos ajenos o coquetear con lo que suena comercial. Por eso el doble cartel que Messa y The Night Eternal llevaron a Barcelona y a Madrid —esta última cita, el 28 de octubre, en la Sala Copérnico— funcionaba como un examen exigente: dos bandas con recetas muy propias, expuestas ante un público acostumbrado a mirar con lupa cualquier desvío estilístico.
La propuesta, además, resultaba una de las más atractivas de la temporada en cualquier género. No se trataba solo de juntar dos nombres: se trataba de medir hasta dónde aguantan dos fórmulas personales cuando se las coloca frente a frente, sin red y con el respetable decidiendo.
The Night Eternal: intensidad sin calentamiento
Los alemanes fueron los encargados de abrir la noche y lo hicieron sin ningún tipo de cálculo. Conviene descartar aquí esa idea tan repetida del concierto que va creciendo con los minutos: la banda entró con una energía impropia de quien ejerce de telonero, ante una Sala Copérnico todavía expectante y con buena parte del público buscando su sitio entre el gentío. Tampoco importó demasiado.
El disparo de salida fue "The Veins Of Time", una pieza que resume y eleva todo lo bueno que tiene este grupo y que se ha ganado por derecho ser uno de los cortes más hipnóticos que ha dado el estilo en mucho tiempo. A ello se sumó la presencia de Ricardo Baum, moviendo las rastas, con su chaqueta de los Misfits como declaración de principios y una intensidad que se contagiaba desde la primera fila.
La base es heavy metal, sí, pero con texturas más sombrías de lo que suele ser habitual y un timbre vocal que se acerca mucho más al espíritu de Andrew Eldritch que al de Bruce Dickinson. Esa inclinación siniestra, con ecos que remiten a Paradise Lost o a Blue Öyster Cult, resultó convincente y magnética. A favor del resultado trabajaron también un sonido modélico y una iluminación muy bien pensada, que subrayaba la veta gótica y subversiva del grupo hasta hacerles parecer sacados de un tugurio de The Crow.
No todos los pasajes sostuvieron la altura de aquella irrupción, pero "Eurydice (Don't Look Back)" y "Caught In A Spell" bastaron para dejar las cosas claras: la banda atraviesa su mejor momento y Cold Velvet (26) se ha colado entre los discos más estimulantes del año, además de ser una lección sobre cómo esquivar el costumbrismo apolillado en el que cae el género cuando falta talento y frescura. Salieron del escenario claramente reforzados.
Messa: audacia formal y pulso narrativo
Los italianos subieron la apuesta en lo que a riesgo formal se refiere. The Spin (25) es un ejemplo evidente de cómo adornar el metal con influencias diversas sin naufragar en el intento: un disco de depuración e inmediatez poco común en un entorno aficionado al relleno y a la acumulación estéril. Había muchas ganas de comprobar cómo se traduce ese material en directo.
El rescate de "Babalon", tomada de su debut Belfry (16), sirvió para que el grupo empezara a tomar el pulso a la noche. Al ser, con sus matices, una pieza más pegada al doom tradicional, cumplió con solvencia. El problema apareció con "Fire On The Roof" y "At The Races", del último trabajo: la voz de Sara Bianchin quedó sepultada bajo el elegante muro sónico levantado por sus compañeros.
Aquí sí toca recurrir al tópico del concierto que repunta, porque "The Dress" devolvió a la cantante a su mejor versión, con esa garganta seductora rozando la plenitud. La ausencia de la trompeta de su maravilloso interludio jazzístico, suplida con oficio por la guitarra de Alberto Piccolo, empañó ligeramente la experiencia, aunque el esfuerzo merece reconocimiento. La pieza es tan hipnótica y tan imaginativa que, a partir de ese momento, rendirse a la singularidad del grupo era la única opción posible.
Con el sonido ya ajustado, la segunda mitad del recital no admitió ninguna objeción y se convirtió en una demostración de cómo integrar referencias con naturalidad y con capacidad para la emoción. Elegir un solo instante es complicado. Ahí estuvo "Thicker Blood", el corte que cierra el último álbum, con una recta final extraordinaria que roza el blackgaze y el post-metal. También la contundente "Reveal" y su alquimia entre el country —con unos slides iniciales muy a lo Ry Cooder— y un blues cenagoso y flamígero.
Pero nada emocionó tanto como "Immolation", probablemente la pieza más delicada, fina y onírica que han firmado jamás, capaz de competir con lo mejor del cancionero etéreo de Cocteau Twins o con ese tesoro infravalorado que es Concrete Blonde. Sara Bianchin, con una educación exquisita, agradeció la atención del público antes de que la banda se retirara, dejando la sensación de haber visto a una formación especial y difícil de comparar con nada de lo que hay hoy en su terreno. Y, aunque las últimas citas futbolísticas se empeñen en lo contrario, hay que admitirlo: el sello italiano sigue jugando en otra liga.
- "The Veins Of Time" abrió la actuación de The Night Eternal.
- "Eurydice (Don't Look Back)" y "Caught In A Spell" sostuvieron el tramo central de los alemanes.
- "Babalon" recuperó el debut de Messa, Belfry (16).
- "The Dress" marcó el punto de inflexión de la noche.
- "Thicker Blood", "Reveal" e "Immolation" cerraron la segunda mitad sin fisuras.
Los dos discos sobre los que se apoyaron los conciertos: Cold Velvet (26), de The Night Eternal, y The Spin (25), de Messa, además del citado debut de los italianos, Belfry (16).