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Industria Musical Pro
Guía musical

Diez canciones para recordar al Indio Solari

Tras la muerte del Indio Solari, repasamos diez canciones que definen su legado inconformista.

Redacción Industria Musical Pro 5 min de lectura
Diez canciones para recordar al Indio Solari

El pasado 5 de junio murió Carlos Alberto “El Indio” Solari a los 77 años, y con él se cerró un capítulo insustituible en la historia del rock argentino. Su hermetismo extremo y su personalidad desbordante lo llevaron a imponer sus propias reglas: rechazó a las grandes discográficas, esquivó los focos mediáticos y costeó de su bolsillo cada surco grabado.

Esa actitud intransigente, alimentada por el boca a boca y la devoción de su tribu, terminó por convertirlo en un artista masivo y fiero. Primero en Patricio Rey, donde alumbró obras como Oktubre, y después junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, rompió cualquier pronóstico comercial. Su concierto de Olavarría en 2017, con más de trescientas mil personas pagando entrada, sigue siendo el más concurrido de la historia del país.

El Indio entendió antes que nadie que la melancolía, el desamparo y la fragilidad son el cimiento ideal para canciones de una hermosura perturbadora. Dejamos aquí una selección de diez títulos para despedirlo como se merece.

Las diez canciones

  1. “Motor psico” (Oktubre, 1986): un tema que atraviesa la asfixia urbana con pulsación paranoica, sobre un fondo de pospunk, asfalto mojado y memoria de los años oscuros; la voz del Indio escupe locura a una generación que busca la escapatoria a ciegas.
  2. “Esa estrella era mi lujo” (¡Bang! ¡Bang!… estás liquidado, 1989): la historia del deseo inalcanzable narrada desde la barra de un bar decadente, una balada densa para perdedores hermosos, donde la melancolía se vuelve muro de sonido.
  3. “La hija del fletero” (Lobo suelto / cordero atado, 1993): una escena de cine negro suburbano, con romances en el asiento de atrás, cuero barato y perfume a peligro; la musa aparece con una flor en la oreja y un broche de perlas, mientras el romanticismo sobrevive entre la mugre y el humo.
  4. “Todo un palo” (Un baión para el ojo idiota, 1988): un futuro que atropella y trae malas noticias; el saxo llora mientras la letra desangra el optimismo artificial de fines de los ochenta, y queda una banda sonora amarga y lúcida para ver el derrumbe de un imperio personal.
  5. “Gualicho” (Último bondi a Finisterre, 1998): un hechizo nocturno, oscuro y viscoso, en torno al amor tóxico y a las brujerías de sábanas revueltas que dejan seco; demuestra que la derrota puede contarse con electrónica y sin guitarras.
  6. “Jijiji” (Oktubre, 1986): un himno al borde del abismo, cifrando la noche blanca y el exceso que se cobra factura; tras el pogo más feroz asoma el miedo, con un riff que se instala en la nuca como un cristal roto en una película velada.
  7. “Juguetes perdidos” (Luzbelito, 1996): la herida abierta de la tribu, un abrazo áspero a los caídos y a los pibes que quedaron en la cuneta; una pieza épica y dolorosa que entiende el crecimiento como pérdida de piezas, pero celebra la resistencia con las manos vacías.
  8. “El tesoro de los inocentes” (El tesoro de los inocentes [bingo fuel], 2004): un golpe sobre la mesa, Solari en soledad frente al mundo, defendiendo lo poco puro que queda contra la miseria y la usura adulta; antes de mendigar en el palacio de cristal, prefiere morder el polvo en la trinchera.
  9. “Había una vez…” (Pajaritos, bravos muchachitos, 2013): la madurez de un escritor que se quita la armadura y deja que la nostalgia atraviese su pecho; un mapa de arrepentimientos donde la tristeza no es un agujero negro, sino una poética serena y sobrecogedora.
  10. “Vuelo a Sidney” (El ruiseñor, el amor y la muerte, 2018): la sala de embarque del viaje definitivo, un adiós gélido, sin concesiones ni dramatismo; la muerte aguarda en la barra y él le canta de frente, con la pluma más fina y descarnada.