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Crónica · Flamenco

Capullo de Jerez y José de los Camarones: el flamenco que no mira el carné de identidad

Capullo de Jerez y José de los Camarones se citaron en el Teatro Alameda de Sevilla en Los flamencos no van a la barbería, un mano a mano en el que la praviana, la soleá apolá y las bulerías jerezanas midieron la vitalidad de dos maestros.

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Capullo de Jerez y José de los Camarones: el flamenco que no mira el carné de identidad

El Teatro Alameda de Sevilla se convirtió anoche en algo muy parecido a una peluquería de barrio. Allí se dieron cita Capullo de Jerez y José de los Camarones para el mano a mano que llevaba por título Los flamencos no van a la barbería, uno de los encuentros más esperados de la temporada.

El humor jerezano funcionó como hilo conductor de toda la velada. Los dos cantaores se mostraron auténticos y sinceros mientras compartían recuerdos de una época en la que todavía «no vestían canas». José apareció con su melena característica y una chaqueta roja; a su lado, Miguel optó por un traje marrón claro. Juntos rompieron el hielo con una ronda de martinetes cargada de emoción.

La heterodoxia de José de los Camarones

El pase de José fue, de principio a fin, un ejercicio de heterodoxia. Salió a escena con chaqueta blanca y una cesta llena de mariscos con la que recreó su célebre Pregón, un guiño a su pasado como mariscador. Cuando se despojó de la chaqueta y quedó en chalequillo y pañuelo, imprimió a su cante una fuerza descomunal, con un momento especialmente intenso en la soleá apolá.

Uno de los grandes hallazgos de la noche fue su recuperación de la praviana, un palo casi extinguido que tuvo en El Mochuelo a su pionero y que La Niña de los Peines engrandeció. José lo ejecutó con un recogimiento tal que daba la impresión de haberse trasladado al Norte.

La espiritualidad siguió marcando el rumbo con Aventuremos la vida, construido sobre textos de Santa Teresa de Jesús. El cantaor alternó malagueñas con un estribillo por peteneras en el que contó con la artista francesa Ana Boheme, que le acompañó desde bambalinas antes de salir a escena. Ya sobre las tablas, ambos se encontraron en un diálogo escrito por Pablo Neruda y adaptado a formato de balada, con el teclado como soporte.

El cierre de su actuación llegó con Anclé mi alma, donde buscó la complicidad del público y elevó la granaína sobre los acordes de una guitarra eléctrica de marcado acento flamenco. Puso el punto final con el reivindicativo Tango de la libertad.

  • Jorge Gómez, a la guitarra eléctrica
  • Dani Quiñones, al bajo
  • Rafael «Teto», a la batería
  • Josema Pelayo, al teclado

Capullo de Jerez, puro compás

El testigo lo recogió Capullo de Jerez, que apostó por el compás sin rodeos. Sentado a una mesa y rodeado por cuatro palmeros, encendió el teatro por soleá por bulerías: pureza y raíz.

Su dominio de los cantes de Levante quedó a la vista. Encadenó con crudeza las letras de las minas, dos tarantos y una cartagenera, antes de abordar unos fandangos que el respetable jaleó sin reservas.

Después llegó el desbordamiento con sus bulerías de Jerez, dedicadas con guasa a los críticos. Fue un estallido rítmico en el que hubo menciones para Alejandro Sanz y Rocío Jurado. Su emblemática rumba estuvo a punto de levantar al público de las butacas, y él mismo se puso a bailar sobre el escenario.

Un final a dos voces

El broche reunió de nuevo a los dos maestros, y sobre las tablas se hizo evidente la admiración y el cariño que se profesan. Intercambiaron cantes rítmicos a modo de fin de fiesta: José con verdiales y Miguel empujando con su compás incombustible por bulerías.

Lo que se vio fue una demostración de energía difícil de explicar en términos biológicos. La edad de las células pareció plantarle cara a la del calendario, y el respetable se quedó con ganas de pedir «dos gotas de sangre» de semejante manantial de vitalidad.

Créditos

Crónica de Pedro Limón para Guía Flama. Reportaje gráfico de Laura León.