Billy Corgan y el Mellon collie sinfónico: Madrid se rinde, aunque él se haga esperar
El Palacio Vistalegre de Carabanchel acogió la primera de las dos noches madrileñas de A night of mellon collie and infinite sadness, con una orquesta de 56 músicos sobre el escenario y un Corgan que no apareció hasta el quinto tema.
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Madrid entró en el reducido grupo de ciudades elegidas para dar forma en directo a la fantasía sinfónica de Billy Corgan. El Palacio Vistalegre de Carabanchel acogió dos noches consecutivas del formato con el que el músico está presentando A night of mellon collie and infinite sadness, la gira construida alrededor del disco más emblemático de Smashing Pumpkins. La capital compartió ese privilegio con Londres y París, y el anuncio, desvelado unos meses antes, desató un revuelo inmediato en toda Europa.
El Mellon collie, como se le llama en la calle, llegó en los últimos años del siglo pasado y funcionó como una brújula para una generación entera. Unos Smashing Pumpkins que todavía estaban construyendo su leyenda tomaron entonces lo mejor del rock y del grunge del momento y lo fundieron con destellos pop y retazos góticos hasta convertir aquel doble disco en el manifiesto de los adolescentes y jóvenes de la época. Detrás late una psique cargada de melancolía y oscuridad que encontró las palabras exactas y las melodías perfectas para retratar el nihilismo de quienes empezaban a asumir la vida y a entender las reglas del juego: una oda a la incomprensión existencial con posos de furia y también de dulzura, con el ímpetu de quien aspira a comerse el mundo y con la inocencia aún intacta.
“Aquel disco doble fue toda una declaración de principios para los adolescentes y jóvenes de la época” — Sara Morales
Cincuenta y seis músicos para un reto mayúsculo
La orquesta Mad4Strings, formada por cincuenta y seis intérpretes y escogida por el propio Corgan para sus incursiones madrileñas, sostuvo la reinterpretación del repertorio con un peso decisivo de las cuerdas: un arpa, instalada en una esquina junto a un piano, arropaba al bloque de violines, chelos y contrabajos. Los vientos, tanto de metal como de madera, incorporaron el dramatismo necesario en los pasajes más experimentales y delicados, mientras que un coro de cuarenta voces cubría desde atrás los momentos de máxima intensidad. Todo ello bajo la batuta del director James Lowe.
Sobre ese conjunto recayó la empresa más complicada de la velada: ocupar el lugar de Smashing Pumpkins y de la distorsión del rock original, y hacerlo con una propuesta sonora inédita, insólita y genuina de raíz operística. Lo consiguieron al emular unas melodías que el público conserva en la cabeza, aunque revestidas del latido clásico que dominaba la función y que, en alguna ocasión —sin que importara demasiado— dificultó el reconocimiento de los temas.
“El reto más difícil de la noche: sustituir a Smashing Pumpkins y la distorsión del rock original del Mellon collie por una propuesta de sonido inédita, insólita y genuina con esencia operística” — Sara Morales
El amanecer y el atardecer sobre el escenario
La puesta en escena, con unas visuales inmersivas de enorme belleza que acompañaron el concierto de principio a fin, impresionó desde los primeros compases. La dualidad que recorre el álbum, esa disputa permanente entre el amanecer —Dawn— y el atardecer —Twilight—, entre el día y la noche, la luz y la oscuridad, el sol y la lluvia, la alegría y la nostalgia, encontró un traslado escénico de fascinante mimetismo y lograda precisión, hasta el punto de condicionar el ánimo y el ambiente de los asistentes. Una experiencia sensorial a todo volumen y a todo color con evocaciones a Metrópolis.
“La dualidad conceptual del álbum, en esa contienda constante entre el amanecer (“Dawn”) y el atardecer (“Twilight”), se trasladó al escenario con un fascinante mimetismo y una lograda precisión” — Sara Morales
Las voces de los tenores, sopranos, mezzosopranos y barítonos que asumieron el grueso del repertorio se llevaron el protagonismo de la noche y estuvieron más que a la altura, aunque para decepción de buena parte del respetable. Y es que lo que allí se había ido a buscar era el reencuentro con un disco icónico y con su autor: lo primero sucedió de manera exquisita y sobresaliente; lo segundo también, pero su figura se echó demasiado en falta a lo largo de las casi dos horas de concierto.
La esperada entrada de Corgan
La presencia de Billy Corgan se hizo esperar hasta el quinto tema, Thirty-three, y su irrupción provocó una ovación inmensa. Un gigante de rostro aniñado, enfundado en un abrigo-túnica negro de corte teatral, se plantó ante un Vistalegre emocionado y agitado en el que todo eran recuerdos y conmoción. Su aura sigue engulléndolo todo, y escucharle en Zero, en 1979, en To forgive y en una maravillosa revisión de Tonight, tonight —con la que puso el cierre al encuentro— resultó apabullante e inolvidable.
- Thirty-three: el tema en el que apareció Billy Corgan y que desató una ovación inmensa.
- Zero, 1979 y To forgive: tres piezas interpretadas por el propio Corgan.
- Tonight, tonight: una revisión maravillosa que sirvió de cierre al concierto.
- Bullet with butterfly wings: en la voz de la mezzosoprano Zoie Reams.
- In the arms of sleep: por la intimidad recreada. Y X.Y.U.: por la contundencia industrial.
La pena es que eso fue todo, aunque quizá no sea poco. Y que no se pudiera escuchar Bullet with butterfly wings de su boca, pese a que la versión de la mezzosoprano Zoie Reams fue grandiosa, como también lo fueron la intimidad recreada de In the arms of sleep y la contundencia industrial de X.Y.U.
Sublime con su voz, hierático en su estar y agradecido en todo momento con los músicos y cantantes que le acompañaban, Billy Corgan dejó claro que para él lo importante eran ellos, el disco y el público. Para el público, en cambio, lo importante se esfumaba de entre las manos una y otra vez. Hubiera querido retenerle más, pero el músico —conocedor de huidas, experto en escondites y caballero de la redención en mitad del caos— sigue predicando a cada paso su evangelio escapista. Un auténtico maestro de ceremonias, capaz de ceder la batuta a otro y seguir brillando. Así ha sido siempre. Y así fue también la otra noche.
El ritmo de la semana dedicó su columna previa a The Cramps, tesoros de un verano.